Reflexiones Periféricas (Parte I)

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Escribimos desde un país periférico, subdesarrollado, e inserto en una economía mundo capitalista donde las respuestas al subdesarrollo se dan con categorías propias del sistema capitalista, o sea, con categorías propias del sistema que genera subdesarrollo y periferia. Nuestras indagaciones y búsquedas persiguen, en ese sentido, contribuir a pensar la dependencia y aquello que se entiende por emancipación. Pero aquí ya aparece una dificultad inicial que es la idea de emancipación al interior de una economía mundo capitalista.
¿Cuáles son los términos de la emancipación? ¿Qué implica un país emancipado? Estados Unidos de América, ¿es un país emancipado? ¿Alemania? Argentina claramente no, ¿pero por qué no? Supongamos que Argentina alcanza niveles de innovación tecnológica que le permiten superar su histórica restricción externa y colocar en el mercado mundial productos con altísimo valor agregado, ¿seríamos un país emancipado? ¿O será que la emancipación no debe ser sólo respecto de otros países sino también in-terna? ¿Quiénes se beneficiarían de la emancipación, todos o solo algunos? ¿Cómo se distribuye el beneficio de la emancipación, equitativa o desigualmente? No son preguntas menores, ya que buena parte de las corrientes que actualmente intentan oponerse a los lineamientos neoliberales y conservadores se fundamentan en modelos de desarrollo que tienen por base la idea de nación y oponen ésta al imperialismo, o la oponen al “atraso” entendido como un obstáculo a superar.
Pero es la nación toda la que se toma, a veces monolíticamente, como bandera de la emancipación, sin considerar que dentro de la nación radican las mismas contradicciones que el sistema presenta a nivel global, las mismas diferencias entre aquellos que acceden a todo y los que carecen de todo.
De esa forma, toda idea de emancipación no puede estar desconectada de la emancipación interna de los sectores posterga-dos de toda sociedad que vive al calor del sistema capitalista. Podemos devenir en un país innovador, tecnológicamente de punta, pero si no repartimos el excedente generado en forma equitativa,si no tenemos como objetivo emancipar al ser humano de la subordinación respecto de otros seres humanos, si no propugnamos la gestación y desarrollo del bien común como idea matriz de una sociedad diferente, nos quedaremos girando en falso en torno a conceptos que solo contribuyen a seguir alimentando un sistema capitalista que conduce al desastre planetario.
Estado, mercado y burguesías nacionales
Hay algo que teórica, práctica y metodológicamente ha quedado claro y es que el mercado no puede ser el regulador del desarrollo en la periferia. Posiblemente, no pueda serlo en ningún lado. El mercado librado a su suerte no es más que el mercado librado a la suerte de los poderosos, de los que tienen mayor peso dentro de dicho mercado. No existe tal cosa como una mano invisible, o la idea de autorregulación de los mercados. Mu-cho menos la competencia perfecta, bella entele-quia teórica jamás materializada. Las corrientes clásicas, neoclásicas, neoliberales, han funda-mentado buena parte de sus pensamientos en ideas jamás realizadas y pueden llegar a someter a un país al ajuste eterno con tal de que las varia-bles reales de la economía concuerden con sus modelos matemáticos. El individuo racional o el equilibrio económico no existen en la vida real. El individuo está cortado por múltiples influencias, no solo económicas, y carece de la información y la organización necesarias para actuar con “racio-nalidad” económica. De hecho, todo individuo de-jado a su suerte no es un Robinson Crusoe sino un ser sometido a los designios de aquellos que sí se han organizado y disponen de medios colec-tivos para incidir en la realidad social. Vivimos en sociedades amplísimas, anónimas, donde el indi-viduo no tiene capacidad para incidir por su cuenta.
La otra gran noción, la de equilibrio, solo es pensable matemáticamente. Cuando la misma se topa con la realidad, aparecen los desequilibrios y los conflictos permanentes, pequeños o grandes. Los individuos, aquellos que están subyugados a los designios del capital, pueden llegar a organizarse y a medida que lo hacen, van poniendo en evidencia el fundamento sobre el cual se asienta el sistema: la explotación. Al hacer esto, aflora el antagonismo, y ningún sistema basado en el antagonismo de clases puede ser equilibrado. Entendemos, entonces, que el mercado libe-rado y desregulado no es una alternativa para pensar un proyecto emancipatorio. ¿Qué decir del Estado y las burguesías nacionales? Empecemos por las segundas. ¿Existe una burguesía nacio-nal? ¿Existe un empresariado que además de buscar ganancias persiga el desarrollo de la nación donde se encuentra asentado? Entendemos que no.
Seguramente existen excepciones pero no son la generalidad del sistema. Las burguesías son burguesías, son capital que busca valori-zarse, de forma tal que pueden desplegar estrategias que no se condigan con estrategias de desarrollo o con las necesidades del país donde radican. Más aun, en una economía mundial, donde existen amplias facilidades para la movilidad legal o ilegal del capital, difícil es pensar que una burguesía pueda ser “nacional”. Lo que hace el capital en la actualidad es que cuando tiene densidad suficiente puede hacer inversiones con-cretas en otros países y cuando no tiene densidad suficiente tiende a fugarse interna o externamente, invirtiendo en monedas foráneas o en activos financieros externos.
En este contexto, los Estados nacionales que buscan captar inversiones devienen en mera territorialidad que busca garantizar las mejores condiciones para la reproducción del capital, lo cual es sinónimo de flexibilización del mercado de trabajo, seguridad jurídica, libertad a los movimientos de capitales, des-regulación de los mercados financiero y cambia-rio, entre otras opciones de garantía. La burguesía, por su cuenta, no genera las condiciones para avanzar en el desarrollo de un país y ha dejado de ser el elemento de transformación del mundo. Hoy día, las burguesías son un fantasma, son el Dorian Gray del desarrollo; son puro poder de mando de la capacidad de autovalorización obrera.
En lo que respecta al Estado, pensamos que la política antiestatal demostró ser un fracaso, tanto en las vertientes neoliberales como en las que se opusieron a los regímenes del socialismo real. Así, se desmontó el Estado sin proponer nada que lo reemplazara en sus funciones esenciales. Para nosotros, el Estado sigue teniendo un rol regulador fundamental y puede actuar como res-guardo macroestructural para procesos emancipatorios, siempre y cuando su gobierno esté en manos de un proyecto que propugne dicha emancipación. Ahora bien, siguiendo a Hirsch1, el Estado puede ser actor, contradictorio, de un pro-ceso de cambio, razón por la cual tomamos la idea de poder constituyente para mantener a ese Estado en movimiento, para que no se anquilose ni establezca el orden de un momento histórico como algo natural e inmutable. Es desde este lugar que seguimos reivindicando al Estado y a la clase trabajadora como actores centrales en un Proyecto de Liberación Nacional y Popular, lo que implica liberar a la Nación de sus opresores externos e internos.

Molder

1 “Las actividades concretas del Estado se definen como resultados de procesos políticos, que ciertamente tienen por fundamento el proceso económico de reproducción y las relaciones entre las clases, pero que están marcados y modificados concretamente por la política y por la fuerza de las clases, de los grupos de capitales individuales o de los monopolios”. Mario Tronti plantea que la lucha de los trabajadores opera como determinante del desarrollo. Y Antonio Negri dice que hay relación entre desarrollo y lucha de clases, e impacto de la clase obrera sobre las instituciones del capitalismo. “No puede entenderse el Estado sin un estudio de la composición técnica y política del proletariado, esto es, de la subjetividad obrera y los procesos de trabajo”.