Los Incas

Un pibe va en el subte b directo a Av. De Los Incas, su objetivo al bajar es tomar el 71 que para en la otra cuadra. Durmió poco por que trabaja de noche y tiene la impresión de que su cuerpo se desvanece. Su peor cara se presenta ante la gente que lo ve golpearse seguidamente con un caño que estructura el vagón.
Por suerte, Av. de los Incas es la última estación de esa línea, así que su viaje concluye con el del resto de la gente que lo rodea. En su cabeza, la poca estabilidad que le queda le sugiere una canción que se repite constantemente, tan radial como comercial, tan ajena como insistente.
Parece ser que Av, de los Incas encierra las puertas de un pequeño, pero efectivo laberinto del cual surgen leyendas. Siempre que baja en esa parada recuerda las desventuras de unos ladrones huyendo de la policía y encerrándose en Parque Chas para ser atrapados posteriormente. Al bajar se da cuenta que está cerca el día de la madre y entra a la perfumería que está en frente de la farmacia para comprar un combo de perfume y desodorante presentados en una de esas cajitas lindas sumados a la bolsita de cartón y el moñito que le decora. Antes de salir del local una chica lo mira desde afuera, sus miradas se cruzan y el intenta recordar si la conoce.
En ese momento, su cabeza se reactiva y piensa en un millón de explicaciones que justificarían esa mirada particular. Sudecisión es clara, si la mira fijamente seguramente ella correra la vista. Por algún motivo se intenta demostrar firme y no quiere dar el brazo a torcer corriendo su mi-rada y esto se presenta como una suerte de juego. A este pibe le parece hermosa esta chica y le intriga demasiado esta mirada. . Pero obviamente después de haber hecho la compra, solo le resta salir del local y no quiere torcer la vista porque piensa que de alguna forma, ya todas las personas lo están viendo parado, mirando hacia afuera, es más, cree que debe resolver esa situación porque al igual que él, el resto de las personas se mantiene expectante mirando ese intercambio de miradas y él quieto, con la peor cara de un tipo que termina su jornada laboral nocturna. Así que sin dejar de cruzar el vidrio con su mi-rada fija en la chica, se dispone a salir, pero entre la vidriera y la puerta de salida hay una mampostería y pared que interrumpirán esa conexión por algunos instantes, al menos, hasta que se encuentre afuera.

Al salir la chica no está. Se pone en la posición donde hubo de haber estado esta chica y mira en distintas direcciones, intentando divisar la ruta de escape de esta hermosa joven. . Mira hacia la farmacia y la AV. de Los Incas, después vuelve la mirada hacia el interior del local y una vieja lo mira. Piensa un instante y camina hacia la parada del 71.
 En la mitad de esa cuadra hay una verdulería y piensa y descarta la idea de que la chica corriera 50 metros para esconderse de su mirada. Sin embargo, cuando pasa por el local, no deja de ver todos los recovecos que pudiesen sorprenderlo. Ya en la parada sube al colectivo y pensante se dirige a su casa en Saavedra. Al llegar cuenta la misma historia, pero le agrega un poco de humor cambiando el final y dándole una conclusión diciendo que al final lo que había detrás de la vidriera era un maniquí, pero al estar tan dormido no se había dado cuenta. Se ríe y se dirige a su pieza. En su cama mira al techo e intenta convencerse de que es verdad lo que contó ya que no puede explicar qué paso en verdad, ya su ver-dad y su realidad, se encuentran tergiversadas por su contexto y lo que cree haber vivido no es creíble, no tiene sentido ni explicación concreta. Entonces se duerme pensando lo extraño que es Parque Chas y los secretos que esconde esa entrada misteriosa de Av. de los Incas.

Gabriel Israel Cabral

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