Las cosas que nos siguen

Si viene un genio en este momento, juro por lo que más creo, que no tengo ni idea de qué le pido. Y vino nomás. Veo-veo que me sobran tres de los tres deseos. Encima este genio, que es muy macanudo, se llama Carlos y me deja lla-marlo Carlitos. Para colmo me sacó las cláusu-las.
Me dijo: “Pebete, ya que estás grrre pegrrdido, más que gaucho en Shopping, pedí lo que quieggrrras”. Noté que se le patinaba la ERRE y que era feo mi genio, y ni con ganas lo podía llamar “mi bello genio”, ya que era medio morocho y de las pampas, pero era buenísimo Carlitos. Me acordé de lo que me dijo mi viejo que me enseñó diciéndome: “Confía en la gente, no seas pelotudo, sino no podés vivir. Aparte un confío sirve más que un desconfío”, ¡¡¡faaah!!!, no fue filósofo de vago nomás, ya que le gustaba mucho ver culos, el fútbol y la ginebra (en ese orden). Pero la cosa es que Carlitos me dijo: “Dale man, te saco todas la cláusulas, te puedo cumpligr que un alguien se enamogre de otro alguien, puedo daggr la muegrte a quien vos quiegras, y grevivirg a un ser que extrañes o que pgrecises”.
Escupía mientras hablaba. Escupía mucho. Pero nada. Pensé en ella, en que me había de-jado; pero la vi tan feliz una tarde, que hasta me parecía injusto robarle la felicidad a un alguien y encima si ese alguien se llamaba Margarita. Yo no le hacía bien. Ella lo sabía más que yo. Aparte el tiempo y sus pequeños cambios ya eran un abismo, ni ella era de quien yo me había enamorado, ni yo era el mismo que entretuvo su enamoro.
“¿Ser rico?”, lo barajé un instante, y juro que años atrás sin tristezas adquiridas, hubiera estrenado uno de los tres, pero no. “Me va a hacer un pelotudo”, pensé, un bueno para nada, un soberbio en lo inmediato. Aparte, después me querrán por interés, y mis hijos, si son míos, los mismos serán tan pelotudos como el padre que semilló a la madre. Así que decidí hacerles un bien a mis hipotéticos hijos.
Muerte, matar a un fulano, puff tengo tantos, pero no. Porque siempre hay algún indicio, y no quiero terminar en la cárcel. Aparte, por más que sea macanudo el genio, no parece muy ducho en cuanto al arte del crimen perfecto. Míralo, justo ahora se está sacando un moco y se ríe porque lo adiviné.
Revivir a un muerto, acá juro que fue en la que más me detuve, pero cuál sería el shock de mis seres queridos, el propio y para el revivido lo mismo, que tal o cual presidentes se fueron, que la casa nunca estuvo en orden, que construiríamos un cohete que se podría utilizar para ir a Japón en diez minutos, y ese mismo anuncio lo festejarían montones, olvidando que aún no tenía agua potable, pero viajar, eso sí que lo quiere todo el mundo.

Además, qué sería de los lutos, los que fueron desde embrión a una comprensión, que lleva tiempo, que lleva llantos, que ese tiempo no vuelve, que ese tiempo vino para quedarse, que ese tiempo me hizo poeta, que hacerlo sería no ser. Que me gusta la oferta, pero ya no sería
El genio me miraba. Me contó que nunca nadie había tardado tanto en pedir tres deseos, dijo que mi vecino el Beto gastó los tres en un minuto y medio, y tardó mucho ya que se atragantó con un chicle, “sino en 20 segundos me despachaba”, me dijo.
Y el tiempo mutó en semanas, mesecitos, hasta le tiré un colchón al lado del mío. Mientras nos acostábamos, hablábamos toda la noche. Fue ahí, donde lo conocí y él me conoció. Me hacía es perder un amor; nos confidenciamos muchas cosas, digamos.
Me comentó cómo lo habían abandonado, una bella genio, y lo que le dijo para justificar el abandono fue: “Seguimos caminos diferentes, deseos diferentes”, pero además fue que le había salido un programa en televisión y la muy egocéntrica no lo saludó más.
—Es un tugggra, me pagggrrtió el corazón y con mi labugro no tuve mucho tiempo para pensarlo, viste, pero cada vez que pienso me duele mucho.
—Sí, Carlitos, aunque uno haga que se distraiga, lo que realmente le preocupa, lo sigue a uno fiel como perrito de sulky.
—Cuánta grazón tenés, sos un genio Juan…

Keki

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