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Nos vemos escribiendo en un escenario que hace tres meses no creíamos posible. Si nos decían que el PRO iba a gobernar la Ciudad de Buenos Aires, la Provincia de Buenos Aires y la Nación nuestra respuesta hubiese sido una sonrisa burlona. Pero la realidad nos cacheteó feo y hoy nos encontramos en una situación radicalmente distinta a la que avizorábamos, hace no mucho, para el 2016. En nuestro editorial del tercer número hablábamos de la sinergia que debía existir entre sindicatos y Estado de cara a la profundización de un proyecto nacional y emanci-patorio.

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La restauración conservadora en marcha.
Una nueva etapa se abre en América Latina. Los ojos imperiales vuelven a posicionarse con fuerza sobre nuestro territorio, después de lar-gos años de guerra en el Medio Oriente. Son tiempos de alerta donde la organización popular debe encontrarse articulada y cohesionada. La suerte de los pueblos se juega en ello.

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En nuestro último número dejamos abiertos una serie de temas o nudos problemáticos a discutir. Centralmente, dijimos que la apropia-ción del excedente era uno de los puntos a ha-cer foco a la hora de indagar en los procesos inflacionarios. Esto significa observar cómo se desarrolla la puja distributiva, tanto entre capital y trabajo, como entre distintos capitales.

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Todo al que se le pregunte tiene su propio concepto sobre el trabajo. Desde los personal´s trainers hasta Carlitos Marx; desde los kiosqueros hasta los empleados públicos. Varios pensadores argenti-nos intentaron bosquejar sus teorías al respecto, como por ejemplo Minguito: “Trabajás, te cansás, ¿qué ganás?”; o Facundo Cabral: “Mirá si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas. Además, quien no ama su trabajo, aunque trabaje todo el día es un desocupado.”

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Aquel lejano 25 de mayo de 2003 estuve en la Plaza, nos caminamos con mi viejo la Avenida de Mayo siguiendo el auto que trasladaba al Cro. Néstor hacia la Rosada, lugar dónde no dejó sus convicciones en la puerta, había ale-gría, esperanza. La plaza estaba llena por la mi-tad o un poco más… Néstor subió al balcón junto a su esposa Cristina, no recuerdo ahora si habló, y si lo hizo, fueron pocas palabras ya que desde abajo se le notaba un poco de vergüenza ante semejante historia balconera. Nos fuimos silbando bajito a comer una redonda de muzza, había mucho por hacer, el país estaba sa-queado. Literalmente.

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