Cambiemos: triste, solitario y final

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El movimiento de trabajadores frente a la reconstrucción nacional.

Por Carlos Javier Avondoglio*

Cuestión Nacional

Llegaron las PASO y, con ellas, sonó el último campanazo para la experiencia macrista al frente del país. Aquel domingo 11 de agosto, pisando la medianoche producto de las dilaciones propias de quien no puede asimilar los caminos de la inteligencia popular, soltamos el aire largamente contenido. Una avalancha de votos a favor de la fórmula Fernández-Fernández precipitó un clima de transición que, desde aquella jornada, envuelve cada uno de los movimientos de los factores de poder que operan sobre la Argentina. A su vez, expuso el lado más irresponsable y manipulador de la decrépita administración colonial, ahora sí, en franca retirada y electoralmente reducida al tercio histórico de las fuerzas reaccionarias.

Nos interesa distanciarnos de los análisis al uso que le atribuyen al elenco gobernante una supuesta ineficacia o falta de destreza en el manejo de la cosa pública. El aparente fracaso del gobierno es, en realidad, la ejecución de los intereses antinacionales con asiento en el país y en el extranjero. Todos los proyectos liberales, con mayor o menor grado de torpeza, han conducido a la Argentina a la misma situación de caos y miseria. Así, mientras las principales figuras del oficialismo le hablaban –o gritaban- al corazón de los votantes, el país se sometía día tras día a la razzia de los capitales. El rey quedó desnudo, y recibe su cortejo fúnebre en los barrios selectos de zona norte.

Cabe destacar la elocuencia del candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, para ponerle nombre y apellido a la crisis: Mauricio Macri de Lagarde. Denunciar la esmerada solidaridad –ahora trocada en un expectante mutismo- del Fondo Monetario Internacional (FMI) -es decir de Estados Unidos- con el proyecto de transferencia de riquezas y fuga al exterior orquestado por Cambiemos, es una primera señal de firmeza y compromiso con el voto popular y no un presunto rapto de insensatez de quien, a la fecha, es solamente un aspirante a la presidencia. El organismo internacional, que cuenta con una nueva directora pero sigue teniendo como hombre decisivo al representante norteamericano, David Lipton, posee más del 60% de su cartera de préstamos comprometida en nuestro país. Esta situación de exposición recíproca debe ser aprovechada por el próximo gobierno para desestimar las condicionalidades que intentarán imponerle a cambio de una eventual reestructuración de deuda, y a partir de allí retomar la senda de la autodeterminación nacional. Por supuesto, pues no se trata de mera osadía, será indispensable el acompañamiento activo de las masas y de sus armas secretas: las organizaciones libres del pueblo.

Cuestión social

Luego de tres años y medio de lucha, el movimiento obrero tomó la decisión de acoplarse a esta suerte de interregno y desescalar el conflicto en las calles. No es, en rigor, la primera vez que los trabajadores y trabajadoras deben armarse de paciencia ante la espesa salida de un régimen desfachatadamente antipopular. Entre la elección que consagró a Frondizi presidente –a instancias de un acuerdo con Perón, del que más tarde defeccionaría- y el recambio efectivo de autoridades, se sucedieron algo más de tres meses durante los cuales las fuerzas populares mantuvieron el temple necesario para evitar entorpecer la salida de Aramburu y Rojas del poder.

La decisión de la dirigencia sindical se corresponde con un rasgo singular de esta coyuntura, respecto a lo acontecido en otras encrucijadas de nuestra historia reciente: la salida no abrupta de un gobierno manifiestamente contrario a los intereses de las grandes mayorías. Los posibles motivos de esta peculiaridad, además del “colchón” que amortiguó el impacto de la crisis sobre la clase media, son el mayor grado de organización de los sectores excluidos del mercado de trabajo (es decir, los movimientos sociales) y la confianza depositada en un sector de la clase política que, pese a las campañas de desprestigio montadas en su contra, sostuvo una oposición consecuente a la gestión oligárquica. Desde esa perspectiva, la “pesada herencia” insistentemente esgrimida por los funcionarios de Cambiemos y las redacciones adictas, no sólo le permitió al gobierno –aprovechando el ciclo de desendeudamiento anterior- contraer préstamos a niveles récord, sino también contar, aún hoy, con expectativas de arribar al final de su mandato.

Los jefes sindicales comprenden que es el tiempo de la política. Un tiempo alumbrado, precisamente, por la resistencia social y sindical a las medidas neoliberales. Si esto es efectivamente así ¿deberían las trabajadoras y trabajadores situarse a un margen y depositar exclusivamente en “los políticos” el resguardo de sus intereses? Incluso en el marco de un gobierno afín ¿cuáles son los riesgos que conlleva una desmovilización de esa naturaleza?

Desde las primarias, la lista de empresarios que han comenzado a abandonar el barco macrista se ha engrosado visiblemente. Fieles a su comportamiento histórico, comienzan a dar el salto hacia las filas nacionales, aunque sin afirmarse en ellas. La divisa con la que los Fernández desembarcarán en el Ejecutivo, si reeditan el desempeño de agosto, será el pacto social, o como lo bautizara Cristina hace algunos meses: “un nuevo contrato social de ciudadanía responsable”. Esto es, un acuerdo tripartito entre el capital, el trabajo (en sus diversas formas) y el Estado que genere las condiciones para el crecimiento de la economía y la superación de la crisis imperante. Desde luego, el logro de consensos supondrá la ponderación de ciertos intereses y la postergación de agendas que muchos de los actores involucrados consideran urgentes. Tanto el Congreso de la Productividad de 1955 como el Pacto Social de 1973 testimonian las dificultades con que, en el orden práctico, se topan este tipo de concertaciones. En el fondo, interpelan una noción hondamente arraigada en el imaginario peronista, y en torno de la cual se interrogaba, en 1991, Germán Abdala: “Sostuvimos antes la necesidad del pacto social, la creación de la comunidad organizada. Pero, ahora, ¿con quién el pacto social? ¿Con Pérez Companc? ¿Con Macri, acaso?”.

La lucha de clases es la letra chica del frente nacional.

Lo cierto es que el margen de maniobra para plantear modificaciones de fondo se hallará considerablemente abreviado por el delicado escenario socioeconómico que dejará el régimen saliente. Y eso vuelve central, en un primer tramo, el diálogo entre los diferentes grupos sociales. El intento por encontrar puntos de equilibrio desde los cuales hacer despegar la economía, requerirá de una finísima habilidad política que permita orientar el previsible conflicto y alcanzar un piso de armonía dentro de la constelación de intereses en juego. La decisión de Cristina por Alberto Fernández fue leída, desde un principio, en esta dirección. Adicionalmente, se ha revelado sumamente exitosa desde el punto de vista de la complementación electoral.

Por lo pronto, la unidad del campo nacional-popular pareciera comenzar a proyectarse en el terreno sindical. Mientras se suceden las reuniones al interior de la Confederación General del Trabajo (CGT) entre tendencias que se mantenían distanciadas, los gremios que integran la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) conducida por Hugo Yasky, resolvieron en su plenario nacional otorgarle un mandato a su Comisión Ejecutiva Nacional para que inicie gestiones orientadas a reinsertarse en la central mayoritaria. El desarrollo de estos procesos, a los que agregamos la articulación (orgánica) entre el sindicalismo propiamente dicho y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), reviste, a nuestro juicio, una importancia incalculable. Para ello, será imprescindible que la clase trabajadora elabore un programa que recoja las preocupaciones de todos los segmentos que la integran y, desde allí, proyecte su voz hacia la discusión de los grandes problemas nacionales. La mancomunión entre los diversos actores del mundo del trabajo, será uno de los principales afluentes donde el gobierno que asuma el próximo 10 de diciembre podrá encontrar la fuerza para llevar adelante una política auténticamente soberana, a través de la cual se reparen las injusticias sociales y se relance el proyecto de emancipación nacional y regional.

 

*Trabajador Nodocente. Licenciado en Ciencias Políticas.

 

 

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