Combatiendo al capital

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El movimiento obrero y la resistencia al macrismo. Apuntes para un balance.

Por Carlos Javier Avondoglio*

 

¿Cuál es el problema central de la política argentina alrededor del cual giran los demás? La existencia de una clase obrera organizada. […] Lo único que no ha sido malbaratado –y que fue el objetivo obsesionante de la “revolución libertadora”- es el movimiento obrero argentino como poder político de masas desplazado pero actuante y presente. […]

J. Hernández Arregui

 

El epígrafe que antecede guarda, creemos, una rotunda vigencia. La obsesión de la Revolución Liberadora es, también, la obsesión de la actual administración nacional. Así lo evidencian las acometidas que en los últimos tiempos el Ejecutivo lanzó contra dirigentes sindicales que han rechazado, en sus respectivos ámbitos de representación, el avance de las políticas patronales que el gobierno de Cambiemos encarna afanosamente. Pero, vamos por el principio.

Hay un dilema que inquieta a propios y extraños: ¿el movimiento obrero confrontó o negoció con el régimen instaurado en diciembre de 2015? Intentemos escapar a las miradas parciales y franquear los enjuiciamientos rápidos. En rigor, desde mediados de los años ’30 y para todas las épocas ulteriores, la réplica bien podría ser la misma: hizo ambas cosas. Con distintos grados de potencia o efectividad, esa ha sido la dinámica comprobable; y su contraseña: el Modelo Sindical Argentino.

Ya sea segmentado en varias centrales (Confederación General del Trabajo de los Argentinos - CGT y la Central de Trabajadores Argentinos- CTA) o con agrupamientos encuadrados en Azopardo pero diferenciados de la conducción cegetista (Movimiento de Trabajadores Argentinos – MTA;  Corriente Federal de Trabajadores – CFT;  Frente Sindical para el Modelo Nacional -FSMN), el sindicalismo argentino pareciera haber actuado casi siempre bajo una suerte de división de roles, un juego de equilibrios que, por supuesto, el adversario procura desestabilizar. En el período bajo análisis, es el segundo esquema el que ha predominado: diversificar roles sin perder la unidad. De este modo, desoyendo a quienes demandaban rupturas precoces, se produjo –dentro de la central histórica- la conformación  de la CFT  en agosto 2016, el surgimiento del FSMN en septiembre 2018 y el accionar mancomunado de las CTA, cuyos dirigentes han deslizado en varias oportunidades un posible retorno a la CGT. Desde luego, no ignoramos las ventajas de un armado unificado en el cual, sin mediaciones, se manifieste la voluntad del pueblo trabajador. Pero mientras el anhelo persiste, lo real y existente le ha permitido al movimiento obrero oponer –a veces parsimoniosamente, otras con elocuencia- una formidable resistencia a la embestida oligárquica.

Sin acercar demasiado la lupa, hagamos la enumeración necesaria: seis paros generales (6/4/17; 18/12/17; 25/6/18; 24/9/18; 29/4/19 –convocado por el FSMN-; 29/5/19) y cuatro movilizaciones multitudinarias de la CGT (29/4/16; 7/3/17; 22/8/17; 4/4/19), la Marcha Federal de 2016 y aquellas contra las Reformas Laboral y Previsional (noviembre y diciembre de 2017). Podríamos asimismo computar la concentración del 21 de febrero del 2018 que terminó de amalgamar a los nucleamientos sindicales opositores y de aceitar sus vínculos con franjas del peronismo; la de Luján (20/10/18), donde se selló la alianza con la Iglesia; las enormes movilizaciones de los gremios de la industria, la educación, estatales y bancarios; la participación destacada de los sindicatos tanto en las marchas por Memoria, Verdad y Justicia como en los Paros Internacionales de Mujeres y en el Ni Una Menos. El acompañamiento a los movimientos sociales –que tienen el número, pero no la suficiente fuerza- en las marchas por Paz, Pan y Trabajo (agosto 2016) y para exigir la sanción de la ley de Emergencia Social (noviembre 2016), despejando el mapa de articulaciones indispensables y comenzando a suturar una clase trabajadora deliberadamente fragmentada a partir de 1976. En otro orden, la aproximación a instituciones académicas y la fundación del Instituto Estadístico de los Trabajadores, disputando la medición inflacionaria. Agreguemos, por si hiciera falta, que mientras el promedio de jornadas individuales no trabajadas por huelga fue de 7,4 millones para el período 2006-2015, el mismo asciende a nada menos que 11,1 millones para el trienio 2016-2018 (CETyD-UNSAM).

Es cierto, esta hilera de episodios no pudo evitar, ni en muchos casos diferir, el tendal de despidos en diversos renglones de la economía, el golpe al poder adquisitivo del salario, el cierre masivo de PyMES, la precarización de hecho en algunas actividades, como tampoco el endeudamiento récord y la entrega de soberanía que de allí se infiere. No obstante, este saldo convive con otro que, para ser justos, debemos apreciar: nos referimos a la malograda reforma laboral, exigencia primordial del capital concentrado -en su versión local y foránea- que se ha topado una y otra vez con la resuelta obstrucción de la organización sindical Una mención aparte merecen los hechos de noviembre y diciembre de 2017, pues exhiben que el accionar de los y las trabajadoras rebasó el ámbito corporativo o gremial. Su valiente presencia en las calles, en defensa de las condiciones de empleo y de los jubilados y jubiladas, trastocó –en medio de la euforia oficial por el triunfo en las elecciones de medio término- el clima social, asestándole al gobierno un golpe del que no podría reponerse. Si ese fue el quiebre político, el económico llegaría con la corrida cambiaria de junio de 2018. No habría vuelta atrás.

Así, las permanentes demostraciones de fuerza en las calles y, por qué no, en los recintos, convirtieron al sindicalismo en el eje de la oposición al poder oligárquico. Y lo fueron erigiendo como un silencioso motor de unidad y aglutinación en el deshilachado campo nacional y popular. Ahora bien ¿las listas partidarias reflejaron cabalmente este recorrido de lucha? Es posible que no. Pero cuidado, dicha escisión no es nueva; data al menos del período abierto en 1987 (Levitsky, 2004). Quizás haya llegado la hora de que el movimiento obrero deje de aguardar la generosidad de otros sectores que, con ambiciones razonables, priorizan a sus cuadros yen el mejor de los casos, elaboran transacciones con otros segmentos de la clase política, su raza.

En efecto, y al margen del vital apremio por desterrar al proyecto colonial que, de ganar, no cejará en su empecinamiento antipopular, los trabajadores deben darse una estrategia que les permita traducir su incidencia social en poder político, tanto dentro como fuera del Estado. Para ello, indudablemente, será necesario trascender la aspiración de fungir como mero factor de influencia (cauce que, por cierto, ha permitido resguardar conquistas suprimidas o nunca alcanzadas en el resto de la región) y asumir, finalmente, el papel que la Historia les depara: ser el núcleo básico y orientador de la liberación nacional.

* Trabajador Nodocente de la UNLa. Licenciado en Ciencias Politicas?

 

 

 

 

 

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